“El Error”

neal-fagan-257183-unsplash

Muchos años de mi vida los pasé creyendo que el perfeccionismo era una de mis cualidades, hasta que me di cuenta del alto costo que tenía al hacerme ser rígida en mi pensamiento, muy crítica conmigo misma y con los demás, incansable, implacable y fácilmente irritable lo que en la vida práctica se ve reflejado en  infelicidad, agotamiento, intranquilidad, ansiedad y estrés por la poca tolerancia al error.

Paradójicamente se nos prepara, se nos compara permanentemente y se nos educa para la perfección que aunque sabemos que no existe, inconscientemente  tenemos muy arraigada en nuestro subconsciente colectivo y nos hace pasarla muy mal por nuestra pésima relación con el error que nos lleva a autocriticarnos, desconfiar de nosotros mismos y creer que no somos suficientes tras una equivocación.

Pese a que en nuestra sociedad se fomente la competitividad y se celebre la perfección lo cual no tiene nada de malo, perseguir ser perfecto es absolutamente innecesario ya que no tiene sentido alcanzar la excelencia a costa de la felicidad y por el contrario puede afectarla cuando al querer alcanzar lo imposible se hacen recurrentes las creencias de fracaso que no son realistas lo que nos lleva a sentir culpa por una ejecución que consideramos que no está a la altura,  afectando nuestra autoestima y centrando nuestra visión en lo que nos hace falta y no en lo que ya tenemos.

Contrario a lo que se puede pensar, ser perfeccionista puede llevarnos a ser improductivos ya que en nuestra mente es claro que queremos alcanzar el resultado pero no aceptamos el resultado “sin errores” por lo cual tomamos más tiempo en la ejecución de una tarea  sacrificando el tiempo para otras que pueden tener igual grado de importancia, tendemos a no delegar y evitamos trabajar en equipo ya que sólo confiamos en que nosotros somos los únicos que podemos hacer un trabajo impecable.

Aunque ser perfeccionista lo podamos relacionar con la determinación, muchas veces el extremismo de todo o nada nos puede llevar a posponer las tareas sólo hasta cuando creemos que tenemos las capacidades suficientes, los recursos necesarios o las circunstancias ideales para ejecutarlo libre de errores y si dicha coincidencia no se llega a presentar, el miedo al fracaso puede paralizarnos para nunca hacerlo, lo que a la larga tendrá un efecto nefasto al no cumplir nuestros sueños.

Por el contrario si abrazamos el error como el mejor medio de aprendizaje, nos hará confiar en nuestra resiliencia sabiendo que si nos caemos nos podemos levantar cuantas veces sea necesario; disfrutaremos el presente sin quedarnos ronroneando con lo ya realizado y aprovecharemos las oportunidades  futuras sin miedo al fracaso teniendo como premisa que hecho es mejor que perfecto.

No podemos dejar de ser perfeccionistas de un día para otro, pero al aceptar este rasgo de personalidad que se imprime en todo lo que hacemos, podremos asumir nuestra vulnerabilidad siendo conscientes de vivir con mayor flexibilidad, aceptación y apertura, reconociendo nuestras fortalezas y debilidades para ser más felices, humanos, naturales y auténticos disfrutando con paz y tranquilidad de los diferentes matices que nos ofrece la vida.

“La perfección es una pulida colección de errores”

Mario Benedetti

Si te gustó éste post, dale clic en me gusta y ¡compártelo!

 

 

 

 

Anuncios

Concurso de Talentos

john-moeses-bauan-636149-unsplash

Años atrás cuando aún me encontraba trabajando en el mundo corporativo, tenía una compañera contadora de profesión que ocupaba un cargo de gerencia media, risueña, algo tímida y un poco insegura al momento de tomar decisiones, sin embargo, había una situación donde tomaba el mando y era la Líder indiscutible.  Siempre que había alguna celebración especial, ella magistralmente se encargaba de toda la organización del evento, donde desde el regalo, pasando por la decoración y la comida eran ¡sublimes!

Su innegable habilidad para organizar, la pasión que demostraba en sus creativos diseños, el detalle en la planificación y la exactitud en la realización no pasaban desapercibidos, por lo cual pronto empezamos a pedirle ayuda para nuestros eventos personales lo cual sin dudarlo un minuto aceptaba.  Inicialmente ella quería sólo que cubriéramos el costo de los materiales que utilizaba, pero los resultados eran tan maravillosos que era imposible no retribuir a su trabajo, lo cual a regañadientes empezó aceptar.

Era tal el despliegue de talento que la empezamos a recomendar con nuestro círculo cercano de familiares y amigos y con el tiempo fue tal la demanda que se vio obligada a dedicarse a la actividad que ama a tiempo completo generando los ingresos que hoy le permiten vivir cómodamente.

Esta historia contada en estos cortos párrafos suena simple y fácil, sin embargo para la mayoría de nosotros descubrir nuestro verdadero talento nos puede llevar toda la vida o incluso no lo lleguemos hacer nunca, porque es algo tan obvio e innato en nosotros que ni siquiera se nos ocurre pensar que esto pueda ser un talento.

Si queremos descubrirlo es preciso entonces, empezar por cuestionar nuestras creencias, enfrentar miedos, salir de nuestra zona de confort, conscientemente  estar atentos aquello que realizamos espléndidamente y que los demás consideran único en nosotros, ya que generalmente es algo que no  auto-definimos como un talento e incluso menospreciamos, poco o nada se relaciona con la carrera que hemos escogido, la educación que hemos recibido o la ocupación que desarrollamos.

Inadvertidamente es aquello que siempre estamos de ánimo y dispuestos hacer, incluso si no nos pagan; lo sacamos adelante aún si presenta desafíos; el tiempo transcurre tranquilamente sin que nos demos cuenta cuando realizamos dicha actividad, nos sentimos felices y adicionalmente nos produce un profundo placer cuando  lo ponemos al servicio de los demás.

¿Ya descubriste tu talento?

“Todos piensan que tener talento es una cuestión de suerte, nadie piensa que la suerte puede ser una cuestión de talento”

J. Benavente

Si te interesa tener más información sobre éste y más temas, puedes suscribirte para recibir las últimas novedades.

Si te gustó éste post, dale clic en me gusta y ¡compártelo!

 

¿Necesitas una Pausa?

my-name-57442-unsplash

Crees que siempre debes estar haciendo algo y cuando no haces nada te sientes culpable. El estrés te embarga, sientes que ya no das más, duermes mal, te sientes insatisfecho, reaccionas con rabia ante la más mínima provocación, tienes olvidos frecuentes, te desconcentras fácilmente, te falta foco y tienes la sensación de no concluir nada. Sin darte cuenta puedes haber caído en el síndrome del hámster, el cual al ser un animal, sin cuestionar nada corre y corre en una rueda que no lo lleva a ninguna parte.

En nuestra sociedad hemos creado el culto a la vida rápida en donde estar ocupado significa ser importante, es un tema de conversación usual y sinónimo de productividad.  Por el contrario tener mucho tiempo libre tiene una connotación negativa. Es por ello que siempre estamos de afán y nuestros días transcurren entre una interminable lista de pendientes que crece con la sobrecarga de información que recibimos a cada momento al tener una conexión permanente con  la tecnología que nos recuerda mediante las llamadas, los mails, los mensajes y las notificaciones que no hay tiempo que perder.

Bajo éste panorama, no es extraño entonces que la productividad vaya en picada si a esto le agregamos que muchos de los ambientes laborales donde pasamos largas horas del día no se enfocan a los resultados sino al cumplimiento de un horario y promueven que las personas sean multitareas saltando de un tema al otro sin concentración ni foco, teniendo como consecuencia irremediable una fatiga mental crónica.

Paradójicamente, nuestro cerebro tiene más recursos inconscientes que conscientes, que solo salen a la luz si nos permitimos no hacer nada. Contrario a lo que podríamos imaginar, aun en este estado nuestro cerebro nunca deja de trabajar, por lo que el ocio mental está lejos de ser el desierto cognitivo que muchos creen.

Aseguran varios estudios científicos que diariamente es conviene distraerse, dejar los problemas a un lado y hacer otra cosa, en pocas palabras recomiendan que lo mejor que podemos hacer, es no hacer nada en lo absoluto y sólo entonces podremos ver nuestros problemas desde una nueva perspectiva.

Es precisamente en esos momentos donde afirman que se dan los instantes ¡Eureka! que implican mecanismos cerebrales únicos donde al divagar llega a nosotros la inspiración para resolver nuestros problemas más complejos, incentivar nuestra creatividad, enfocarnos y mejorar nuestra productividad.

Aunque para muchos, la simple idea de que los problemas necesitan desconexión y tiempo libre para ser resueltos puede sonar extraño y hasta tedioso, éste sencillo concepto puede tener un profundo impacto en la sociedad. Después de todo, la historia nos dice que fue disperso en una bañera donde Arquímedes comprendió el principio de la flotación, en una tarde relajada en un jardín cuando Isaac Newton concibió la teoría de la gravitación universal y  Paul McCartney relata que compuso Yesterday en el misterioso mundo de sus sueños.

¿Te animas entonces a intentarlo y hacer una pausa en tu día?

“No tengo tiempo para tener prisa”

John Wesley

Si te interesa tener más información sobre éste y más temas, puedes suscribirte para recibir las últimas novedades.

Si te gustó éste post, dale clic en me gusta y ¡compártelo!

 

 

Educación Formal ¿Vale la Pena?

gaelle-marcel-8992-unsplash

Actualmente un título no es garantía de una carrera exitosa, los conocimientos que adquirimos pueden ser obsoletos al cabo de 5 años y todos sabemos que son necesarias las reformas en un sistema educativo que parece estancarse frente a los avasallantes cambios del mundo actual.

Sin embargo, más allá de debatir cómo debería ser el sistema educativo ideal lo cual es sumamente controvertido en las sociedades contemporáneas y de tener totalmente claro que el progreso de nuestras generaciones y las venideras pasa por su mejora, quiero focalizarme en la educación formal que tenemos.

Sería una absoluta incoherencia decir que no creo en la educación formal, porque fui educada en ella y en mi adultez decidí continuar mi formación en el sistema, lo que también espero para mi hija, pero ya no con la expectativa de generaciones pasadas en las cuales a mayor formación mejores oportunidades laborales y de ingresos, sino con el firme propósito que las experiencias vividas en su entorno, más allá del conocimiento adquirido la preparen para la vida misma.

Es precisamente en éste contexto donde sí que puedo afirmar que creo firmemente en la educación formal, pues basada en mi experiencia tuve la suerte de educarme en instituciones de libre pensamiento donde había respeto por la diferencia y se permitía la rebeldía, entendida ésta como como el resultado del cuestionamiento y la inconformidad que fomentaban el pensamiento crítico dentro de un ambiente de tolerancia frente a los diversos puntos de vista.

El debate nos obligaba a comunicar claramente una idea, que por consecuencia  impulsaba la curiosidad al no conformarse con una sola explicación y querer soportar de la mejor manera nuestros argumentos y la creatividad como medio de cambio al plantearse nuevas soluciones y crear otras posibles realidades.

Como instituciones que educan con un alto nivel de disciplina y exigencia, muchas de éstas experiencias me hicieron también aprender que nuestras decisiones tienen consecuencias, a ser más resiliente pues no hay otra forma posible de aprender a sobreponerse a la frustración que frustrarse, a fortalecer el carácter y ver los problemas como desafíos.

Así mismo, fue éste también el espacio donde aprendí que se pueden crear sinergias y que los resultados en conjunto son mejores y más satisfactorios que los individuales, a generar empatía por los demás, participar activamente en causas sociales, hacer entrañables amigos y conocer esos inolvidables maestros que nos inspiraron siempre para creer en nosotros, aprender, ser mejores y entender que significaba tener valores, actuar con ética y querer contribuir de forma positiva a la sociedad.

Así que si la educación que recibes va más allá de los simples conocimientos, promueve el libre pensamiento alejado de los dogmas, te prepara para la vida a través del desarrollo de competencias cognitivas, sociales y prácticas que permiten tomar decisiones informadas, te ayuda a interiorizar el aprendizaje como una habilidad permanente, te capacita para comunicar de forma eficaz y desenvolverte en un mundo global de completa incertidumbre como en el que vivimos actualmente, has respondido a la pregunta.

Finalmente no serán los conocimientos sino éstas experiencias educativas las que nos inspirarán y potenciarán nuestra capacidad de tener una vida satisfactoria, motivándonos a liderar la transformación positiva de las sociedades donde vivimos y crear desde el presente, el futuro que queremos vivir.

“El Aprendizaje es Experiencia, todo lo demás es Información”

Albert Einstein

 

Si te interesa tener más información sobre éste y más temas, puedes suscribirte para recibir las últimas novedades.

Si te gustó éste post, dale clic en me gusta y ¡compártelo!