EL PEOR ENEMIGO DE TUS PROYECTOS, ERES TÚ MISMO.

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Para este momento, ya la vida me había llevado a vivir en un nuevo país, había renunciado a mi trabajo y con la premisa de que no tenía nada que perder, estaba acometiendo nuevos proyectos.

Sin embargo, en el camino resurgió todo el ruido mental, las voces internas que me decían que no era lo suficientemente buena, que no tenía los conocimientos ni las habilidades, que no contaba con todos los recursos, que era vieja para empezar, que aquello era una total tontería y que iba a fracasar.

Aunque en apariencia, había salido de mi zona de confort; cambiar de mentalidad y aprender a lidiar con mis emociones y mis miedos, fue un largo proceso pues, al traer de nuevo a mi vida la creatividad, abría también la puerta a la incertidumbre, que me producía vacío, sensación de pérdida de control, e incomodidad.

Obligando a mi cerebro a ir más allá de todo lo conocido, para no sucumbir en mis intentos, pues de no lograrlo, mi cerebro automáticamente regresaría a todos los patrones y hábitos mal aprendidos, en defensa de la identidad que había formado y lo que creía que era.

Así, escuchar lo que me decía a mí misma, era mi mayor riesgo de fracasar. Pues reforzaba mis creencias, en las cuales nada llegaría a mi vida si no era a través del arduo esfuerzo; la misión iba a ser imposible, porque no tenía una tradición emprendedora en mi familia; no contaba con los recursos para iniciar y la única medida del éxito en un proyecto, era el dinero.

Me di cuenta entonces, que el mayor impedimento para salir adelante con mis proyectos, era yo misma. Ya que ante los obstáculos, no tendría la fuerza suficiente y el coraje de continuar si no era consciente de lo que me decía, para ser capaz de desconectar de mi propio ruido mental.

“Tanto si piensas que puedes, como si piensas que no puedes, estas en lo correcto”
Henry Ford

Photos by Laurenz Kleinheider and Marc Schaefer on Unsplash

ADAPTÁNDOME A UN NUEVO MUNDO

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En la cuarta década de mi vida y tras casi 20 años de trabajar como empleada, el mundo en el cual me encontraba iniciando nuevos proyectos, sin lugar a dudas, había cambiado.

Realidad que me daba la oportunidad de reinventarme a través de crear diferentes rutinas, formas de ejecutar, propiciar nuevas relaciones y cuestionar por completo mis formas de pensar.

Dando a estos proyectos y a mi vida, el toque suficiente de reto para ser interesante; el tiempo a solas, la flexibilidad y el descanso para ser lo suficientemente productiva y la libertad total para ser creativa y poner a prueba mis ideas.

Con lo cual logré vencer el miedo y empezar, lanzarme, acometer y lo más importante, no sucumbir en el intento. Lo cual de ninguna manera puedo decir que fue fácil, pero si, completamente enriquecedor, hasta el punto de empezar a transformarme.

Así, en mi búsqueda, el primer proyecto que me animé a emprender fue el de venta de productos en línea. Decisión que cortó de tajo con todo en lo que alguna vez había trabajado y había sido seguro y conocido para mí, convirtiéndome por consecuencia en una aprendiz novata.

Vivenciando de primera mano, que en un mundo hiperconectado como el actual, los conocimientos que adquirimos son reevaluados casi a diario y la manera de aprender, no necesariamente involucra las opciones tradicionales. Con lo cual las nuevas habilidades que necesitaba, las adquirí a través de cursos en línea, workshops, ebooks, webinars, vlogs, blogs y podcasts.

Medios que en conjunto, no solo han sido el precursor de mi disposición permanente de aprender, como habilidad adaptativa que ha revolucionado mi vida, sino que también, a través de ver lo que muchas personas hacen hoy en día, me inspiraron a ir más allá del concepto de éxito basado solo en lo tangible y material que tenía, para empezar a construir una nueva definición de éxito personal, que si bien puede también ser perceptible en el exterior, involucra ahora, lo que antes para mí no tenía: creatividad, evolución, flexibilidad, sentido de logro, autorrealización y contribución.

Nuevos tiempos. Aterrador pero, al mismo tiempo ¡excitante!

“Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no puedan aprender, desaprender y reaprender”

Alvin Toffler

Photos by Charles and Payton Tuttle on Unsplash

EL UNIVERSO CONFABULA

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Al asumir mi vida tal y como era, disminuyeron las quejas y empecé a disfrutar cada día con más tranquilidad; aprendiendo a diferenciar las circunstancias sobre las cuales podía intervenir para solucionar, de aquellas que no dependían de mí y las cuales simplemente debía aceptar para evolucionar.

Fue bajo este estado de calma, que uno de los mayores cambios en mi vida ocurrió, mi esposo recibió la noticia de que iba a ser expatriado y poco antes de finalizar ese año, en un mes de diciembre como este, en cuestión de días debí renunciar y negociar mi retiro con mi empleador, empacar todas nuestras pertenencias y viajar con mi hija pequeña rumbo a conocer nuestro nuevo país de residencia.

Un país del cual pese a estar ubicado en mi región, poco conocía pero, con el cual sentí una conexión inmediata. País que no obstante a las similitudes culturales con mi país natal, en muchos aspectos me obligó a cuestionar mis creencias, abandonar todo lo conocido y adoptar un nuevo estilo de vida, asumiendo una función diferente. El cambio que por tantos años había anhelado, abruptamente se había dado y daba paso a nueva vida.

Tras el caos de meses que generó trasladarme a mi nuevo país de residencia y la adaptación al lugar, también llegó la ilusión y la aventura de lo nuevo. Así en cuanto pude organizarme en mi nueva casa, mi esposo ya se encontraba de lleno trabajando y mi hija inició por primera vez su etapa escolar; pude entonces contar con el tiempo que en mis años como empleada tanto había deseado y que ahora por consecuencia, me daba la oportunidad de decidir qué hacer durante estas horas del día.

Decisión que a priori puede parecer fácil pero, en la práctica no lo es, pues durante dos décadas de mi vida nunca dispuse de este tiempo y el cambio ocurrió tan rápido que no pude pensar en ello. Fue entonces, que en una conversación casual con una persona conocida, esta me sugirió que si no sabía qué hacer, emprendiera la acción en todo aquello que despertara en mí, interés, ¡brillante consejo!

Así, con la consciencia de que esta vez no tenía impedimentos, ni nada que perder, emprendí la acción decidida en varias actividades, que me permitieron ir enfrentando los miedos que en el pasado se manifestaban a través de las excusas y en esta ocasión, ya sin ningún pretexto de por medio, posibilitó la derrota de la dilación, para ¡por fin! poner en marcha múltiples proyectos.

“La vida es una preparación para el futuro y la mejor preparación para el futuro, es vivir como si no hubiera ninguno”

Albert Einstein

Photo by Dewang Gupta on Unsplash

RECONCILIÁNDOME CON MÍ TRABAJO

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Escalar la pirámide corporativa fue durante muchos años mi objetivo y llegué a cargos de gerencia media con bastante rapidez, pero, alcanzar la alta gerencia se convirtió con el tiempo en un propósito lejano, ya que los cargos eran pocos y las posibilidades de una vacante mínimas.

Entretanto, en mi vida a través de la experiencia de haber podido disfrutar de un año sabático y haber recibido a mi regreso el diagnóstico de una enfermedad como el lupus, muchas cosas habían cambiado y yo misma había cambiado, con lo cual el recurso más valioso en mi vida empezó a ser el tiempo y la libertad para decidir qué hacer con este, paso a ser mi prioridad.

Así, para gozar de esta libertad y decidir qué hacer con mi tiempo, tenía claro que debía trabajar unos años más como empleada. Así mismo, con esta premisa sabía que un estilo de vida que generara un gasto excesivo, aumentaría por consecuencia los años que estaría obligada a trabajar.

Esta certeza, me dio la tranquilidad para trabajar más a gusto, y comprender que mis más profundos anhelos poco se relacionaban con los ascensos y con el dinero como un objetivo per sé, lo que me hizo ver mi trabajo desde una nueva perspectiva. De esta manera, aunque aún este distaba mucho de ser una pasión, empecé agradecer por el salario privilegiado que tenía, ya que era el medio que me permitía cumplir con mis propósitos personales.

Así, sin el peso de las expectativas de años atrás, desaparecieron las quejas y las frustraciones, y en su lugar empecé a disfrutar nuevamente de lo que me gustaba de mi trabajo desde un total gozo y todas aquellas cosas que tal vez no me gustaban tanto, las realizaba desde la aceptación, entendiendo que eso era lo que se requería de mí en el momento.

Fue así como desde esta aceptación, que todo empezó a fluir de otra manera, los problemas se resolvían fácilmente y los resultados se daban con un menor esfuerzo, en un ambiente más positivo que atraía las personas y situaciones correctas a mi vida. En lo que a priori podría parecer que las circunstancias cambiaron a mi favor, pude corroborar que fui yo la que cambió.

Me esperaba aún un nuevo cambio en mi vida…

“En la vida tienes que ser realista, así que prepárate para los milagros”

Osho

Photo by Christina @ wocintechchat.com on Unsplash

LA MAGIA DE LA COTIDIANIDAD

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En mi año sabático, al encontrarme viviendo en un país totalmente nuevo, sin la presión de la vida acelerada que llevaba y que yo misma me había impuesto, empecé a redescubrir la magia de la cotidianidad.

Fue así, como pese a estar en una de las ciudades más extraordinarias del mundo, para mi sorpresa, lo más placentero lo encontré en las cosas más simples, disfrutar de una buena taza de café, ir al supermercado, cocinar, estudiar, conocer nuevas personas.

Además de extraordinaria, ésta ciudad es también una de las más caras y como estudiantes, con mi pareja, el espacio que estábamos en capacidad de permitirnos fue muy reducido. En adición, nuestro tiempo en el lugar era relativamente corto, con lo cual solo adquirimos lo necesario para estar cómodos sin excesos que abrumaran.

La paradoja de la situación, es que lo que en otra etapa anterior de mi vida hubiera considerado inconveniente, en ese momento fue liberador. Nuestro lugar demandaba  bastante poco para estar siempre acogedor y prolijo, permitiéndome disfrutar del tiempo para otras experiencias.

Increíblemente no sólo gocé de más tiempo, sino que además pudimos vivir con unos recursos financieros bastante modestos, ya que necesitábamos pocas pertenencias y en lugar de utilizar el dinero para acumular cosas, que era básicamente lo que hacíamos en casa, este no solo fue suficiente para nuestros gastos personales sino que alcanzo para destinar parte del mismo, a nuestros intereses,  viajar, asistir a eventos e incluso ahorrar.

Al vivir con unos recursos limitados pero, para nuestra propio deleite sin ninguna privación, nuestro concepto de lo que el éxito y vivir bien significaba, cambió. De ésta manera, la preocupación por el futuro y el miedo a la carencia que materializábamos en la acumulación, también se desvirtuó.

Al final, éste fue un profundo conocimiento de mi misma, donde ratifiqué que necesitaba pocas pertenencias para disfrutar plenamente mi existencia y que más allá de las cosas materiales, es en la cotidianidad donde están los placenteros momentos que enriquecen la vida.

«Necesito pocas cosas y las pocas que necesito, las necesito poco»

Francisco de Asís

Photos by Alex Geerts and Bench Accounting on Unsplash

EL PODER DE LO INESPERADO

¿Frustrada? Si, así era como aún me sentía. La paradoja era que ya tenía todo lo que se suponía quería, había planeado y por lo cual tanto había trabajado pero, faltaba la sustancia en mi vida. Hasta que llegó lo inesperado.

Mi esposo había decidido estudiar un MBA, y parte de las clases se realizaban en algunos días y durante horarios laborales.  Fue entonces a informarle y pedir permiso a su jefe.  El permiso fue negado y en su lugar su jefe le propuso postularse a una beca con todos los gastos cubiertos durante el periodo de estudio.

En ese momento la propuesta de la beca fue para nosotros ¡increíble!. Manos a la obra, mi esposo empezó a tramitar los documentos que se exigían en el proceso y a presentar los exámenes de validación que se requerían para la postulación. Por mi parte, con mucho escepticismo, solicité una licencia no remunerada para poderlo acompañar. Pese a mi incredulidad, ésta fue otorgada sin mayor dificultad, lo cual yo interprete como una señal de que este era el camino que debía seguir.

Muchos meses transcurrieron y muchos avances se dieron, hasta que se obtuvo la respuesta final: ¡A mi esposo le fue otorgada la beca!. Aunque temporal, ésto implicaba un cambio total en nuestras vidas, pues hasta ese momento aunque habíamos tenido la oportunidad de viajar por placer, nunca habíamos vivido fuera de nuestro país.

Esto no solo representaba una invaluable oportunidad, sino la ocasión de poder disfrutar de un año sabático, lo cual rompía por completo la monótona rutina en la que nos encontrábamos inmersos.

Un mundo nuevo por descubrir…

«Lo inevitable rara vez sucede, es lo inesperado lo que suele ocurrir»

John Maynard Keynes

Photo by Brooke Cagle on Unsplash

TENGO QUE PAGAR LAS CUENTAS

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En primer lugar, esta fue una de las razones que me llevó a emplearme una vez terminé la universidad, también lo que posteriormente me ató a un trabajo tradicional durante mucho tiempo y ciertamente la responsabilidad de pagar las cuentas, era una realidad innegable en mi existencia, pues todos en algún punto, debemos asumir las responsabilidades derivadas de nuestro estilo de vida y encontrar un medio para cubrirlas.

Al reconocer esto, no tengo arrepentimientos, pues no tiene sentido juzgar en mi presente las decisiones que tomé en el pasado porque el entorno en el cual me desenvolvía y las circunstancias eran diferentes. Tampoco tenía en aquel momento la información, la madurez, ni la experiencia que ahora tengo, con lo cual un trabajo estable fue la opción más viable. Muy estable, hasta que las condiciones de mercado inevitablemente empezaron a cambiar y provocaron que los empleos que antes considerábamos relativamente seguros, ya no lo fueran.

Inestabilidad del mercado, que en aquel momento me producía un profundo temor de perder mi empleo; miedo que incrementaba año a año a medida que iba teniendo una mayor edad, porque pese a que contaba con amplia experiencia en mi campo, era consciente que mi compañía priorizaba la contratación de profesionales más jóvenes, a los cuales podía pagar menores salarios, eficaz estrategia con lo cual disminuían su costo laboral.

Con estas condiciones, fue entonces cada vez más claro que no podía y tampoco deseaba pasar el resto de mi vida siendo empleada, sin embargo, tampoco tenía claro a qué me podía dedicar, cuál iba a ser mi plan de escape y mucho menos cómo ejecutarlo. Pero, anhelaba con todo mi ser descubrir cuál era la sustancia de mi vida, aquello que me hiciera saltar cada día de la cama, priorizar lo realmente importante y trabajar menos, con un propósito real.

Con esta certeza, establecí entonces como objetivo una jubilación anticipada a los 50. Propósito en el cual coincidimos con mi esposo y que partió en aquel momento por revisar nuestra situación financiera, lo cual arrojó que debíamos controlar nuestros gastos y generar un mayor ingreso para lograrlo.

Visión futura y firme anhelo de lograr nuestra independencia que se convirtió en un poderoso motor que nos llevó a pasar del consumismo a una vida con más consciencia, ya que empezamos ahorrar con el fin inicial de invertir en finca raíz para empezar a generar una renta pasiva.

¿Por qué la finca raíz? por nuestros empleos conocíamos las cifras del sector, el mercado hipotecario y los riesgos inherentes al mismo. Ambos continuábamos siendo empleados y nuestra disponibilidad de tiempo era limitada, con lo cual al tener un buen agente inmobiliario, esta inversión no demandaba una mayor presencia.

El dinero que alcanzamos a ahorrar en aquel momento, nos alcanzó para la cuota inicial de un pequeño apartamento y aunque esta primera inversión nos sirvió de vivienda y en estricta definición no se podía considerar una inversión, si fue la palanca de futuras inversiones, las cuales gradualmente con los años pudimos ampliar y empezar a diversificar.

Con el tiempo empezamos a recibir un ingreso pasivo, nuestro nivel de estrés se redujo y la vida misma se volvió más liviana. Motivación personal que nos llevó a ver nuestras circunstancias de vida de una forma diferente y oportunidades de inversión, que antes no percibíamos.

Sin embargo, aún el grueso de nuestro ingreso dependía de nuestros empleos y mi concepto personal de éxito continuaba estrechamente ligado a los posibles ascensos que podía tener en la compañía, la acumulación de riqueza material y algunos patrones de consumo con los cuales había generado apego, para lo cual continuaba trabajando largas y extenuantes horas, sin siquiera poder disponer del tiempo para disfrutar de lo que lograba, poseía o consideraba realmente importante en mi vida, como mi familia.

Sin saberlo aún, me esperaban los más grandes cambios de mi vida.

“Debemos estar dispuestos a renunciar a la vida que hemos planeado para poder vivir la vida que nos está esperando”

Joseph Campbell

Photos by Artem Beliaikin and Alexander Mils on Unsplash

 

 

 

 

 

 

 

EN BANCARROTA CON EL TIEMPO…

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Me levanto, me ducho, me visto, me maquillo y me peino; tomo un café, me despido de mi esposo y parto rápidamente para el trabajo, me espera un poco más de una hora conduciendo a mi oficina, dependiendo por supuesto de cómo esté el tráfico. Hay un atasco inesperado en el camino, me desespero y me embarga la rabia porque pese haber salido con tiempo, ya voy tarde.

¡Por fin llego! No tengo tiempo de tomar ni un respiro, debo hacer una operación para la cual solo cuento con media hora y ya tengo varias solicitudes de clientes a través del chat, del correo y en adición una llamada de mi jefe para revisar cómo van los resultados de una campaña. En un abrir y cerrar de ojos transcurrió la mañana, voy a almorzar y un problema me hace interrumpir mi comida pero, para mi fortuna todo se resuelve bien, sin embargo, el agobio del momento me deja agotada.

La tarde transcurre un poco más tranquila, salgo y me esperan una hora y media de tráfico de regreso, llego a casa y como lo hago desde hace unos años, solo puedo pensar en ponerme la pijama, ceno algo, converso un poco con mi esposo y pese a que quisiera hacer algo más, como salir a cenar, ir al cine, tomar una caminata, ejercitarme o leer; la energía no me da más, termino viendo televisión como todos los días y me quedo dormida. Sin embargo, no tengo un sueño tranquilo, pues mi cerebro recapitula todos los acontecimientos del día y me estresa pensar en cómo se resolverán algunas situaciones futuras, de qué manera cumpliré las retadoras metas del mes y en todos los pendientes que quedaron por hacer.

Inmersa en esta rutina transcurrió más de una década de mi vida, en los cuales creí que todo se debía a la falta de tiempo, el tráfico, a mis jefes, a mis condiciones laborales. Así mismo, veía muchos de mis objetivos y planes cómo un sacrificio, lo cual era también una forma de eludir los sentimientos negativos que me producía tener un empleo donde “intercambiaba mi tiempo, solo por dinero”, con un profundo malestar que provenía de la contradicción de hacer las cosas por las razones equivocadas y evadir la responsabilidad de que los resultados que obtenía y el estilo de vida apresurado que llevaba, eran simplemente el producto de las decisiones que tomaba y los compromisos que asumía.

Posicionándome convenientemente como una víctima que siempre se quejaba y culpaba a los demás y a las circunstancias cuando las cosas no salían como yo quería, porque vivía una existencia llena de concesiones continuas y desprendimientos que no quería hacer y miedos para hacer lo que realmente deseaba hacer, que me generaban desequilibrio, vacíos y frustraciones por la contradicción.

Por supuesto, ahora sé que el problema real era que este era un trabajo que no me apasionaba, con lo cual nunca tuve resultados extraordinarios, pero lo hacía dentro de un nivel idóneo para mantener mi empleo y ganar un buen ingreso, ejecución que podría definir como políticamente conveniente para todos. En un ambiente donde ya era reconocida, respetada y me sentía cómoda pues ya sabía qué hacer, las reglas eran claras, todo era “seguro”, previsible, conocido y familiar y me desempeñaba funcionalmente como pez en al agua, en resumen, una vida que trascurría en la monotonía, sin correr riesgos.

Empero, es en esta vida que yo consideraba segura, previsible, conocida y familiar y donde aparentemente todo debía pasar tranquilamente, donde justamente ocurría todo lo contrario, me embargaban el estrés y la ansiedad por la frustración de hacer lo “correcto” por las razones incorrectas, para encajar en los estereotipos sociales, pero no lo que realmente quería.

Sin embargo, pese a lo harta que estaba de todo, nunca tomé ninguna decisión ni actué, ¿Por qué? sencillamente me justificaba, diciéndome a mí misma que no podía abandonar un empleo estable, mi cargo, mi posición, un buen salario, mi carrera y por encima de todo, debía pagar las cuentas…

“La elección, no la casualidad, determina tu destino”

Aristóteles

Photos by Elena Koycheva and Analia Baggiano on  Unsplash

LAS FALSAS SEGURIDADES

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Crecí en un hogar de clase media con mucho amor pero, poca riqueza material, donde contábamos con lo esencial sin permitirnos grandes lujos y en el cual los momentos que más atesoraba de niña eran las caminatas con mi madre para ir a recoger a mis hermanos pequeños a su jardín, jugar en el patio de la casa, patinar con los amigos de la cuadra o los viajes con mis padres para visitar a mis abuelos.

Para mi fortuna, el amor, los valores y la educación siempre fueron lo más importante, sin embargo, ciertamente también formaba parte de una sociedad que busca la abundancia exclusivamente en la dimensión material y como consecuencia, en algún punto de mi juventud empecé a regir mi vida a este paradigma.  Estilo de vida en el cual lo material era lo único que existía, la realidad se veía muy limitada a lo que percibía a través de mis sentidos, competía en muchos ámbitos con los demás y sentía que valía en función de lo que conseguía y mostraba en forma tangible.

Empero, hasta ese momento era la única forma de vida que yo conocía, pues para la mayor parte de mi generación, esto era lo que se suponía debíamos hacer para tener una vida plena asegurada: ir a la universidad para lograr muchos títulos que nos permitieran conseguir un empleo estable con un buen salario, tomar una o varias hipotecas para tener una casa cada vez más grande, un carro cada vez mas caro, adquirir muchas posesiones materiales y ciertos lujos.

Embarcándome en un viaje sin fin para controlar mi vida y adaptarla a estas expectativas mundanas, con lo cual obtuve títulos, trabajé en el mundo corporativo y logré una carrera profesional medianamente exitosa, lo que en sí no tiene nada de malo, a menos que como yo, el único motivante para tomar la decisión de hacerlo fuera intercambiar mi tiempo por dinero, desvirtuando el dinero como un medio que nos permite lograr bienestar y en su lugar, teniéndolo solo como un objetivo per sé.

Sin embargo, cuanto más luchaba por satisfacer mis deseos, más egocéntrica me volvía, más infeliz estaba y más me desconectaba de mí misma, sintiendo un vacío que por más que intentaba llenar con títulos, ascensos, cargos, dinero o bienes materiales, cada vez menos tenía relación con mi humanidad y mi esencia, hasta que sentí que acabé perdiendo parte de mi ser, en el hacer y el tener.

¿Era esta la vida “segura” que deseaba tener?

«Los peligros de la vida son infinitos y la seguridad es uno de ellos»

Goethe

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¿Lo Que Tienes Habla de Ti o De Quién Eras?

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Pocos meses después de cambiar mi país de residencia, aún me encontraba organizando mis cosas en la nueva casa y encontré todos aquellos objetos que me recordaban las personas que amaba, un trabajo entrañable que tuve, mi época de estudiante o unas vacaciones inolvidables. Sin embargo, a pesar de que aquellos objetos los consideraba “especiales”, empecé a sentirme abrumada, pues mis condiciones de vida habían cambiado por completo y por más aprecio que tuviera hacia aquellas cosas, estas ya no tenían relación con lo que ahora era, los papeles que desempeñaba, ni su funcionalidad era la que necesitaba.

Me percaté entonces de todos aquellos objetos que acumulaba, en principio, porque los vinculaba al amor, sin embargo, en un contrasentido, muchos de ellos simplemente los guardaba pero nunca los veía ni disfrutaba, no los usaba y otro tanto ni siquiera me gustaban. Comprendí entonces que contrario a lo que yo creía, el amor no estaba en esas cosas, que además, hubo personas que estuvieron en mi vida y fue agradable que estuvieran en ese momento en ella, pero por  circunstancias, la distancia y la misma evolución de la vida ya no eran parte de mis vivencias.

Empero, con las personas que aún forman parte de mi existencia, entendí que lo importante es el tiempo de calidad que les dedicamos y el amor que compartimos con ellas, con lo cual en vez de acumular las cosas que yo sentía me relacionaban con ellos, decidí fortalecer nuestra relación y tener un vínculo más real, invitándolos a hacer más presencia en mi vida y yo a hacer una verdadera presencia en la de ellos.

Después de este primer aprendizaje, en otra ocasión me encontraba revisando mi closet y pude percatarme que la mayor parte de mi ropa era de aquel papel de ejecutiva con el cual me había identificado durante muchos años pero, en nada representaba lo que ahora era, su funcionalidad no se adaptaba a las actividades de mis cometidos actuales y ni siquiera era apropiado para el clima actual en el cual vivía, fue así como entonces comprendí que inconscientemente a través de estos atuendos estaba aferrada a las etiquetas del pasado, lo que me impedía aceptar mi nueva realidad, reconocer que mi vida había cambiado, adaptarme a ella eficientemente y permitir espacio para que llegara todo lo nuevo que este cambio traería a mi existencia.

En contraste, otra gran cantidad de cosas las tenía “por si acaso” las llegaba a necesitar en un futuro imaginario, pero la realidad me demostraba que la gran mayoría las guardé durante mucho tiempo y nunca se presentó la oportunidad de aprovecharlas. Paradójicamente, no solo me aferraba al pasado, sino que a través de los objetos pude ver con claridad todo mi miedo a la escasez futura y al futuro en sí, lo que en un sentido más profundo era falta de confianza en mis propias capacidades para enfrentar las situaciones inciertas,  sin embargo, con el simple hecho de ser consciente de esto, pude no solo avanzar, sino adaptarme a mis nuevas circunstancias con mayor facilidad y seguir adelante, pues finalmente eso es lo que hacemos día a día, sin importar nuestras circunstancias, estamos aquí porque de una u otra manera hemos sorteado lo que en su momento consideramos grandes retos, nos hemos adaptado con éxito y seguimos adelante.

Ahora bien, instintivamente aun tiendo acumular cosas como un acto básico de supervivencia, sin embargo, la diferencia es que hoy soy consciente de este impulso de acumulación en mi cotidianidad y lo evito, siendo así como a través de priorizar las experiencias, la comodidad, la funcionalidad, la practicidad y mi significado personal de belleza, que erradiqué la saturación en mi vida para permitir toda la magia de lo nuevo, aceptando todo aquello que se presente con humildad como una oportunidad de evolucionar frente al futuro, sin apegos al pasado pero, con un sentido profundo de aprecio y disfrute por lo que ahora soy, hago y tengo, sin sentir que necesito acumular cosas, en lo que como resultado mi vida nunca había sido tan plena.

“Del apego surge el sufrimiento; del apego surge el miedo.  Para aquel que está libre de apego, no hay sufrimiento, ni mucho menos miedo”

Buda

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